Tu Salud y Mucho más: Comunicación y familia

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Es en el relacionarnos en nuestra familia donde surge nuestro yo, nuestra forma de ser. Desde el ambiente intrauterino, pasando por la infancia y la adolescencia, recibimos y damos afecto, con palabras, gestos, actitudes y una serie de interacciones que conforman la compleja trama comunicacional familiar, aspecto que es importante y útil poder hacer lo más consciente posible para fortalecer habilidades ya existentes y/o para introducir mejoras que favorezcan el bienestar de sus integrantes.

Alejandro Gómez, jefe de la Unidad de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital San Fernando, sostiene que “la comunicación se puede definir, de manera simplificada, como el intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor, en una situación determinada. Desde esta sencilla definición revisaremos algunos mitos o creencias que existen acerca de este proceso relacional y desarrollarlos a fin de extraer algunas orientaciones que nos ayuden a mejorarla”.

Es posible no comunicarse

Cuando dos personas están una relación de proximidad física y/o emocional, no es posible no comunicar. Casi todo lo que hacemos, una mirada, un tono de voz, el silencio hacia un hijo, el no responder una pregunta de la pareja, etc. puede ser sin decir palabras tanto o más intenso en sus efectos que el decir algo verbalmente. Ya todos sabemos lo que nos pasa cuando “nos ignoran”.

Ser ignorado es una de las situaciones más complejas que nos puede tocar vivir, cuando viene de alguien que nos importa. Dicho de otro modo, es imposible no comunicarnos, todo lo que hacemos es un mensaje para el otro, nuestras palabras, nuestra mirada, nuestro ritmo respiratorio, etc, son mensajes que forman parte del acto comunicativo. Un ejemplo cotidiano es cuando saludamos a alguien y no nos corresponde ese saludo, empezamos a generar explicaciones y/o intenciones, dependiendo de las personas y su situación. Esto resulta en conclusiones que sacamos y que en definitiva son producto de esta interacción, o sea comunicación.

Las palabras son el centro de la comunicación

Sin dudas nuestras palabras forman parte significativa de nuestro relacionarnos, esto es “lo que decimos”. Sin perjuicio de lo anterior, lo que rodea las palabras, lo llamado comunicación no verbal, puede llegar a ser tanto o más significativo en los efectos que las palabras en sí mismas.

Todos hemos vivido la situación de quedarnos afectados por un tono de voz, una mirada, un gesto con las manos, etc. que acompañó ciertas palabras. En un ejemplo quizá extremo, si nos dicen “te amo” con un tono de voz plano, mirando el suelo y arrugando la nariz, al menos, esto restará valor a esas palabras, nos hará ruido, quizá hasta no lo creamos. Si bien el ejemplo es baladí, lo que esto implica, nos puede llevar a preguntarnos por ¿cómo es nuestra comunicación no verbal?, ¿es acorde a nuestras palabras?, ¿estamos conscientes de nuestra gestualidad cuando decimos algo a alguien? Seguramente profundizar en eso nos lleve a reconocer formas de mejorar nuestra comunicación.

“Si lo digo claro, es seguro que me entienden”

Esto puede ser así, y es cierto que usar bien las palabras ayuda a una buena comunicación, pero también es posible que esto no sea así. La comunicación tiene componentes contextuales y subjetivos relevantes, que orientan cierta manera de interpretar los mensajes. Si yo digo “dedos azules para pintar”, me pueden entender “de dos azules para pintar” pese a que lo pude haber dicho muy claro, en las palabras. Es así que la situación en la que nos estamos comunicando y la manera de entender del receptor/a puede modificar lo que se quiso decir.

En este sentido es muy importante la retroalimentación en la comunicación, que no consiste en más que hablar acerca de lo que se conversa cuando estamos algo confundidos, si es que nos damos cuenta claro. De esa manera, emisor y receptor pueden chequear los mensajes y evitar la “mala interpretación” de los mensajes. No sería extraño que en esa forma de conversar surjan frases del tipo: “ah, no es lo que quise decir”. Para lograr esto en necesaria una disposición positiva al diálogo y la creencia de que hablar acerca de cómo hablamos mejora nuestra comunicación y nuestras relaciones.

“Lo que digo es lo que me define”

Si bien hay parte de verdad en esta frase, también hay que considerar que lo que hago, en relación con lo que, ayuda a las personas entenderse de mejor manera. Si le pido a mi hijo que se calme mediante un grito, no será calma lo que logre si no más agitación o una tensa pausa. La coherencia entre lo que digo y como lo digo (predicar con el ejemplo) potencia el mensaje, al emisor y le ayuda al receptor a entenderle de mejor manera. Nuevamente surge en este punto la necesidad de estar consciente de nuestra forma al comunicarnos para no ser vistos como el Padre Gatica, cuyo significado “todos entendemos” (¿riesgo de error comunicacional de quien escribe, no?)

Lo señalado anteriormente no es sino una exposición de algunos, entre varios, elementos a considerar en el recorrer caminos para mejorar nuestra dinámica familiar. Es muy importante para los padres considerar estos aspectos mencionados y otros que pueda conocer de fuentes confiables, para validar nuestro rol de formadores y formadoras, poder ser creíbles ante nuestros hijos, ser coherentes en lo que les decimos, y muy importante hacerlo de manera coordinada entre los adultos que tienen la labor de criar, y por añadidura, llevar de mejor manera el estrés familiar que, en la materia que nos convoca, trajo la pandemia a nuestros hogares. Agregar a esto que son necesarias las normas, pero deben ser comunicadas de manera que logren el efecto deseado, y en eso la comunicación es clave. Esto nos permitirá prevenir algunos problemas relacionales, y si no, nos ayudará a sobrellevarlos de mejor manera, por el bien nuestros hijos, de nuestras hijas, de nuestras parejas, de nosotros/as, en definitiva, por el bienestar de todos.

En caso de considerar que padeces de un problema asociado, solicita ayuda en tu centro de salud o llama al Fono Salud Responde al 600 360 7777.

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